La actividad industrial argentina, que rebotaba desde mayo, en agosto cayó respecto de julio el -0,9%, y -7,1% interanual (i.a.), aun cuando se abrieron algunos rubros. Y cada vez hay menos dólares genuinos. El comercio exterior fue superavitario en USD 584 M en septiembre (-66% i.a.), debajo del resto del 2020 de entre USD 1.000 y 1.900 M por mes.

Entretanto, el BCRA, para “controlar” al dólar, en octubre vendió casi US$ 1.000 M. Y Paraguay que no reprime al dólar ni tiene retenciones ya está entre los principales exportadores de soja y su banco central con exceso de dólares. A ver, el dólar no se dispara, el peso cae por la inflación, el exceso de emisión monetaria en tiempo real: 

En octubre la Secretaría de Finanzas obtuvo $420.583 M, finalizando el mes con un financiamiento neto positivo de unos $250.000 M, el mayor rollover del año. Pero esto se debe básicamente a personas no pueden salir al exterior. De hecho, gran parte se recaudó con instrumentos dólar linked que, por cierto, podrían muy bien ser defaulteados y, aun cuando se sincere la devaluación, para entonces probablemente se haya ganado más con el oro.

Pero como toda represión al mercado, esto no es natural y, por tanto, más temprano que tarde estallará por algún lado. Economía pretende mostrar un ordenamiento monetario y anunció que hasta fin de año no pedirá dinero al BCRA, financiándose con deuda del mercado local, buscando reducir la emisión. Lo que elevará las tasas provocando recesión, ergo, caída en la demanda de dinero en tiempo real con lo que -recordando que inflación es sobreoferta de dinero en tiempo real- esta sobreoferta seguirá porque la demanda caerá más que la oferta.

A la vez, Economía informó que la recaudación creció encima de la inflación, casi 44% i.a. en octubre. Pero el blue, que muestra con más certeza la inflación -ya que es la devaluación del peso, no el aumento del IPC encorsetado por el gobierno- subió 143%, o sea que la recaudación cayó brutalmente en términos reales, reales de los de verdad.

Ahora Argentina tiene un problema de, por lo menos, mediano plazo porque no se ven ideas claras en la oposición. El principio filosófico de todo esto es que la violencia siempre destruye, como ya lo sabían los filósofos griegos, i.e. Aristóteles, que la definían como aquello que pretende desviar al cosmos de su curso natural. Es decir, cualquier represión estatal -utilizando el monopolio de la violencia, su poder policial- es necesariamente destructivo.

Entre los que critican el gasto hay quienes están de acuerdo con la cuarentena o lo estaban y, ahora, que toca pagar la fiesta, se desdicen. A ver, los confinamientos cuestan mucho dinero y, siendo el Estado el responsable, tiene que aumentar el gasto. De modo que, para bajar el dispendio estatal, debe empezarse por levantar toda restricción al mercado.

Por cierto, más allá de que las personas en libertad pueden manejar cualquier epidemia con mayor eficacia que la proverbial ineficiencia estatal, las consecuencias de las represiones -violencia- estatales conllevan consecuencias mucho más negativas que las del virus: como relata Oxfam, los desnutridos en el mundo aumentarán hasta 270 millones este año, 82% más que en 2019.

Luego, como dice el keynesianismo, el gasto estatal -eventualmente financiado con emisión monetaria- ¿estimula la demanda de bienes y servicios y así, en un círculo virtuoso, aumenta la producción absorbiendo oferta monetaria, evitando la inflación (la sobreoferta)? O ¿es contraproducente como dice la oposición? Pues lo que destruye es la violencia, no otra cosa.

Desde el 2003 hasta el 2016, el gasto del sector público consolidado pasó del 22,7% al 41,5% del PBI y, desde entonces, se disparó tipo Space X. Pero el error de los críticos del gobierno consiste en creer que el Estado solo puede financiarse de tres modos: deuda, emisión y recaudación impositiva. En estos tres casos sí se utiliza la fuerza policial del Estado, con la que se recaudan los impuestos, se impone el curso forzoso de la moneda que se emite y, finalmente, se toma deuda precisamente garantizada por el cobro coactivo de impuestos. Y por ello son destructivos.

La emisión monetaria tampoco sería un problema si la economía creciera al ritmo necesario para absorber esos billetes. Pero como el PBI no crece, el exceso de emisión -en tiempo real- es inflación, desvaloriza el peso. La carga impositiva destruye porque es dinero coactivamente retirado del trabajador, lo que resulta en ineficiencia desde que la eficiencia es definida por cada persona, ya que supone el servicio más adecuado a la necesidad de cada individuo, en tiempo real. En cuanto al endeudamiento estatal, en principio, provoca una suba de tasas dificultando crédito para el sector productivo.

Pero no es cierto que estos tres sean los únicos métodos para financiar el gasto, no existe relación directa entre aumento del gasto público y caída del PBI. Eventualmente, por caso, el Estado podría vender parte de las casi infinitas propiedades que posee -edificios deshabitados como la imponente residencia de Mansilla en Belgrano, innumerables terrenos, pasando por empresas y mucho más- y con lo recaudado solventar ese gasto. Y esto sería reactivador desde que propiedades inutilizadas o ineficientemente manejadas pasarían a contribuir al crecimiento del PBI. 

Con deshacerse de estas empresas el ahorro sería de $347.274 M en 2021, como twitteó Ramiro Marra:

Otra propuesta de la crítica opositora es la de echar empleados públicos. Pero hacerlo hoy es contraproducente porque, dado que la oferta y demanda de trabajadores está encorsetada por leyes laborales, esto produciría un desempleo que, entre otras cosas, potenciaría el delito. De modo que, antes, debe desregularse el mercado laboral para que se produzca plena ocupación, al principio con salarios muy bajos -mejor que nada- y, luego, habrá que desregular el panorama empresario y de inversiones de modo que crezcan, demanden mano de obra y así aumenten las remuneraciones.

Por cierto, ese es el modo de combatir el delito: logrando plena ocupación y salarios dignos y no con más represión policial que, por el contrario -otra incoherencia- aumenta el gasto estatal.

Ahora, desregular el mercado laboral es complicado porque los gremios se opondrían, y tienen mucha fuerza represiva a partir del Estado que se las garantiza: por ejemplo, obligando a los trabajadores, incluso a los no afiliados, a aportar dinero a los sindicatos. De modo que, el primerísimo acto de gobierno, que la oposición ni cuenta, es la desregulación de la actividad sindical de manera que existan todos los sindicatos que quieran -o no- los trabajadores y que aporten, o no, a los que prefieran.

Así las cosas, como muestra este gráfico de Infobae Profesional, no hay inversión rentable, contra el blue. El Merval, ajustado por CCL, está en alrededor del 17% de su máximo, en 2018, cuando llegó a los USD 1800. 

De modo que Argentina está fuera de foco como para que las elecciones en EE.UU. puedan, en principio, interesar. En cuanto a Wall Street, viene aflojando ante las dudas por los comicios y la falta de acuerdo por más “incentivos” fiscales (léase, burbuja para hoy inflación para mañana).

La economía de EE.UU. creció 7,4 % (33,1% anualizado, récord) en el tercer trimestre, superando las expectativas. Pero el PBI todavía está 3,5% debajo del pico anterior a las cuarentenas. En tanto que el índice de manufacturas (ISM manufacturing index) subió al 59,3 desde el 55,4 superando también las expectativas.

Si este martes gana Trump, Wall Street podría ponerse eufórica. Todas las encuestas dan por triunfador a Biden, pero algunos tienen dudas. Este gráfico de JP Morgan muestra que las apuestas a favor de Trump superan a las del 2016:

Y este martes el mercado estará muy atento a los resultados, que podrían ir anticipándose, a raíz de que el voto por correo ha aumentado mucho y gran parte ya ha sido emitido, y algunos Estados como Florida y Carolina del Norte pueden contar esos votos antes del día de las elecciones y publicarlos apenas cierre la votación.              

Ahora, supuestamente Wall Street ganaría con el triunfo de los republicanos porque favorecerían a las grandes corporaciones. Sin embargo, el récord de crecimiento del S&P 500 se lo lleva Bill Clinton que, aun siendo demócrata, hizo uno de los gobiernos más pro mercado de la historia moderna de EE.UU., incluso más que Reagan:

El Dow Jones cayó en octubre -4,61% y casi -6% en el año con la recuperación del lunes, el S&P 500 -3,33% en octubre y gana 1% en 2020 y el Nasdaq 100 cae -3,2% en el mismo mes, y siguió cayendo ayer, pero aun sube 26% en lo que va del año. Decepcionaron los resultados de beneficios de las tecnológicas y, entre viernes y lunes, Apple (NASDAQ:AAPL) bajó más de -6%, Amazon (NASDAQ:AMZN) y Facebook (NASDAQ:FB) más de -7,50% y, la sorpresa, Twitter (NYSE:TWTR) se hundió casi -27%. Se salvó Alphabet (NASDAQ:GOOGL), que supera el 4,50% de subida.

Entretanto si el oro no termina de dispararse es, precisamente, porque apurados por sus balances críticos, los bancos centrales han sido vendedores netos en el tercer trimestre.    

Según Ego Von Greyerz hay que prepararse para “el peor colapso de la historia humana”. EE.UU. es un país en bancarrota con déficits presupuestarios desde 1930, excepto cuatro años en las décadas de 1940 y 1950. La consecuencia ha sido una deuda en aumento exponencial hasta los USD 27 B. Von Greyerz cree que la deuda podría llegar fácilmente a USD 100 B, o incluso 1000 B cuando estalle la burbuja de los derivados.

Cuando comenzó la crisis de 2006, el balance de la Fed era de USD 830.000 M: 

Mirando los déficits presupuestarios previstos para los próximos 4 años, más los problemas acelerados en el sistema financiero, es probable que el balance de la Fed explote. El nuevo presidente inundará la economía de dinero y así los mercados de valores quizás se dupliquen en un período de 9 a 18 meses, pero luego podrían caer más del 90% en términos reales, y esta vez que los bancos centrales no podrán salvarlos.

Imprimir cantidades ilimitadas de dinero siempre tiene consecuencias. Desde 1971 el dólar ha perdido un 98% en términos reales, frente al oro:

Según Von Greyerz, el dólar está comenzando ahora su viaje final a cero, como muestra la tabla. Podrían utilizar “computadoras cuánticas”, ironiza, que pueden imprimir billones y miles de billones de dólares.

Así, finalmente, estallarán las materias primas, hoy en un mínimo de 50 años frente a las acciones a las que podrían superar en 20 veces, según se muestra en el gráfico siguiente. Y estas materias primas, por cierto, incluyen a la gallina de oro argentina -que están matando con las retenciones- la soja, como señalaba en una columna anterior.

Oro, plata y platino superarán ampliamente a las acciones. El Dow Jones perderá 97% frente al oro en los próximo cinco años, estima Von Greyerz, en tanto que Goldman Sachs espera que alcance los USD 2.300/onza en 2021, objetivo que podría resultar muy conservador.

 En fin, si bien mantener metales físicos almacenados en bóvedas seguras fuera del sistema bancario y bursátil -ya que ambos podrían estallar- es costoso, muchos lo recomiendan, incluso más que las acciones de las mineras de oro que hoy tienen una mejor performance que el metal físico.