“Al fin había siempre un momento en que nos dábamos cuenta de que los trenes no llegaban. Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado…”

“Que duro debía de ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera”.

Albert Camus, La Peste

El 2020 siempre será recordado como el año de la pandemia, el año donde el mundo tuvo que cerrar. Argentina tuvo que enfrentar esa situación con un gobierno recién asumido conformado por una coalición que desde el principio generó interrogantes respecto a si podría sobrevivir.

Las dudas siempre giran en torno de Cristina Fernández de Kirchner a quien tantos sus seguidores como sus detractores, la ven como “la que manda”. Algunos comenzaron desde el primer momento, a especular con que Alberto Fernández se “rebelaría” acompañado por un sector del peronismo y del empresariado. Para otros se trata de “wishful thinking” un pensamiento o deseo más que un análisis basado en la realidad.

Cristina eligió a Alberto para que sea presidente. ¿Alguien puede creer que si Cristina no confiara en Alberto le hubiera ofrecido la candidatura?, afirman quienes la conocen bien. Pero esto no significa necesariamente que a la vicepresidente le guste cómo Alberto fue llevando el primer año de gobierno.

Cristina durante su presidencia tuvo un férreo control de la gestión estatal. “A ningún ministro se le ocurría hacer algo sin consultarla”, ese temor reverencial a su reproche funcionaba de freno a eventuales actitudes individuales.

Es cierto que Cristina trató simbólicamente no aparecer disputando el liderazgo con el presidente; de hecho, los principales colaboradores del Ejecutivo son hombres de confianza de Alberto, mantuvo silencio público y manifestaba su opinión de manera privada en largos almuerzos en Olivos.

Sin embargo, estos gestos para fortalecer la imagen presidencial no tuvieron efecto. Para un gran porcentaje de la sociedad “todo lo bueno era obra de Alberto y todo lo malo de Cristina”.

Avanzada la pandemia, la vicepresidenta comenzó a tener una mirada diferente respecto del manejo de la crisis y Alberto a sentirse más seguro (al calor de las encuestas que lo ubicaban con muy buena imagen).

Cristina optó por recluirse en la provincia de Buenos Aires, a recabar información en particular sobre lo social, a escuchar las quejas de intendentes que criticaban cierta lentitud, cuando no inoperancia, del Gobierno nacional.

Más allá de observar que desde el Poder Ejecutivo se tomaban decisiones como la reforma de la Justicia (que no responde a las necesidades de la vicepresidenta) y más recientemente la fórmula de movilidad jubilatoria, por citar algunos ejemplos.

La vicepresidenta es una ávida lectora y los temas internacionales no escapan a su interés. Comenzó a tomar en cuenta que la sociedad necesitaba manifestar su rechazo por los efectos de la pandemia y esta factura se la pasaban a quienes gobiernan. El caso más claro es, sin duda, del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump que, según analistas políticos, sin la pandemia hubiera ganado las elecciones.

Esta situación, comentan, alertó a Cristina que comenzó a reclamar de manera enérgica que el gobierno sea más efectivo. Básicamente, las críticas de la vicepresidenta se centraron al principio, en aquellas áreas que se consideraba poco eficiente o casi inactivas. Este cuestionamiento cayó sobre el anterior titular del Anses, Alejandro Vanoli (por el mal manejo de los pagos a los jubilados). Los cuestionamientos abarcan a Matías Kulfas, ministro de Producción y desde ya a la ministra de Justicia, Marcela Losardo, la encargada de un área que, más allá de ser sensible para los intereses de la vicepresidenta, maneja uno de los temas que siempre ha sido un motivo de estudio y preocupación de ex presidente.

Intimidad 

Quienes conocen la intimidad de los encuentros entre Alberto y Cristina recuerdan que tiempo atrás, cuando el presidente le comentaba alguna medida o decisión, a veces ella le respondía “Yo no lo haría así” y explicaba sus razones. Si Cristina no lograba imponer su criterio, el dialogo terminaba con un “vos sos el que gobernas”.

“Son dos personas de temperamento fuerte” afirman desde ambos entornos. A punto tal que estuvieron distanciados muchos años. Hoy las miradas distintas sobre temas gubernamentales harán que se distancien, pero “jamás se volverán a pelear” aseveran de ambos lados. La “unidad” es lo que permite que estén en el poder y la que posibilitará que continúen más allá del 2023.

La relación de Cristina y Alberto podrá tener altas y bajas, pero no pasa por la cabeza de ninguno de ellos dos la idea de separarse, reiteran.

Pero Cristina, en su último discurso, dejó bien en claro que ahora está dispuesta a participar más, no sólo a reclamar en privado sino también (si fuera necesario) en público, que se rectifiquen aquellas decisiones que encuentre incorrectas para garantizar el triunfo en las elecciones legislativas.

“Esto no se negocia”, afirman. Con una economía debilitada, con magros salarios, con aumento de la desocupación y de la pobreza “no se ganan elecciones” recuerdan.

Al respecto, y si bien todavía faltan 9 meses para las elecciones, la fotografía a fin de año muestra que sigue aumentando la tendencia a votar en octubre próximo, a otra fuerza que no sea el oficialismo. Una encuesta de Synopsis Consultores señala que 57% de los electores se manifiestan a favor de votar por la oposición, contra 34% que anticipa que votará al Frente de Todos.

Por esta razón, en materia política lo que se debe esperar es un gobierno más concentrado en “repartir” que brindar condiciones para la inversión. Y en “acusar” a terceros (empresas, la pandemia, el macrismo, etc.) por los “sinsabores” que atraviesan los que “menos tienen”.

Difícil panorama para empresas

Esto no significa que no sean conscientes de que deben observar el déficit fiscal, (lo necesitan además para lograr el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional). O que necesitan de las empresas para cobrar impuestos, aunque a veces sean poco flexibles ante los planteos patronales (caso Impuesto a la Riqueza), pero no dudaron en eliminar las retenciones a las empresas del conocimiento que les pueden garantizar empleo y buenos ingresos de dólares.

A las compañías que brindan servicios públicos (luz, gas, telecomunicaciones) les pedirán que “apoyen a los que menos tienen” y si las inversiones para brindar mejores prestaciones se afectan, “será un tema para ver más adelante” (después de octubre del año que viene).

Así gobernó el kirchnerismo durante 12 años, como recordó la propia Cristina. Ese es el modelo virtuoso que debe implementarse porque además la “gente lo votó”.

De donde el 2021, en materia política, estará signado por la intención del oficialismo de fortalecer al gobierno y debilitar a la oposición (de todas las maneras posibles). Ya viene ocurriendo con Horacio Rodríguez Larreta con el recorte de fondos que recibe la Ciudad de Buenos Aires, una poda que lo llevó a subir impuestos, medida que generó rechazo aún entre sus votantes. También, acallar a los sectores que pueden afectar o menoscabar el Gobierno.

 En este sentido, en distintos gremios existe preocupación por a la modificación en el sistema de salud que planteó Cristina en más de una oportunidad.  Para la vicepresidenta, Argentina destina numerosos “recursos humanos, tecnológicos e inversiones en materia de salud”. Pero, no funciona bien porque “lo tenemos dividido en tres sistemas, el público, el privado y el de las obras sociales. Vamos a tener que repensar un sistema de salud integrado”.

Ese repensar siempre tiene como objetivo que “los que menos tienen también accedan a todos los servicios médicos”. Cabe recordar que durante el gobierno de Cristina se fueron incrementando numerosas prestaciones que se brindan de manera gratuita y que su costo tuvo que ser absorbido en la mayoría de los casos, por las prepagas, las obras sociales y también el Estado.

Monitoreo 

Cristina se ocupará de monitorear constantemente que el Poder Ejecutivo o el Legislativo no se aparten del “modelo donde hay que alinear salarios y jubilaciones, precios -sobre todo los de los alimentos- y tarifas”. Modelo que, según el kirchnerismo, posibilitará un amplio triunfo en las elecciones legislativas.

Entre los seguidores del oficialismo y la oposición, hay un sector amplio de la sociedad no identificado que es el gran interrogante de la política. Desde ya, tanto desde el macrismo como desde el kirchnerismo tenderán a captarlo. Sin embargo, al menos hasta ahora, ni Mauricio Macri ni Alberto Fernández han cambiado su discurso partidario. Ambos siguen hablándoles a sus votantes.

Este sector, decepcionado en líneas generales de la dirigencia política, es el que piensa “en irse”, el que protesta por la falta de clases en los colegios, el que teme por el avance del poder político en la Justicia, aunque también cuestiona “la falta de Justicia”. Es un sector muy golpeado por la pandemia ya que no pertenece al estrato más bajo y por ende no es destinatario de la ayuda oficial, y tampoco tienen suficiente “espalda” como para resistir 3 años de recesión y sin un horizonte claro respecto al futuro.

En carpeta, el Gobierno apuesta a captar la simpatía de estos sectores a través de la obra pública, de un proyecto de blanqueo para facilitar la construcción de viviendas y manteniendo la suba de tarifas más concentrada en los sectores de mayor poder adquisitivo, entre otras medidas. En tanto, desde Juntos por el Cambio, luego del fracaso económico, apelan a la institucionalidad, un valor que se rescata, pero que no resulta suficiente.  

Cabe señalar que en Argentina el ingreso promedio per cápita de la población es inferior a $20.000 ($19.713). El ingreso medio de los asalariados es de $34.000 El 60% de la población ocupada ganaba hasta $ 30.000 al término del tercer trimestre del año, según el Indec.

Es decir, tenemos un vasto sector de la sociedad empobrecido, que no ve con claridad el futuro, que es bastante pesimista respecto de sus dirigencias, que siente que la salida pasa más por Ezeiza que pelear porque las “cosas cambien”. También es cierto que este mismo sector es el que frente a la adversidad se recicla, crea nuevas productos o servicios, tiene la gimnasia para adaptarse y que en muchos casos sabe que vivir en el exterior no garantiza necesariamente un futuro mejor.

Se nota el desánimo. Casi 6 de cada 10 entrevistados por Gallup (el 58%) aguardan para 2021 un año de problemas económicos. En el mismo sentido, una encuesta de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios arroja que casi 3 de cada 4 empresarios (73%) espera que en los próximos 6 meses la situación económica sea peor o mucho peor.

En este contexto, un dato preocupante es la falta de credibilidad del presidente. Una encuesta de Synopsis arroja que 59,4% de los encuestados no le cree Alberto Fernández nunca o la mayoría de las veces, contra 30,1% que afirma creerle siempre o la mayoría de las veces.

En tanto, el escepticismo respecto de los políticos es alto. Tanto Cristina, como Alberto, como Macri tienen muy mal imagen ante la sociedad. Según la encuesta. Entre imagen mala y muy mala Cristina lidera el rechazo con 64,9%  le sigue Macri con 54,7% y en tercer lugar se ubica el presidente con 53,6% 

En síntesis, Cristina y por ende Alberto apostarán a no perder un solo voto de aquellos sectores más dependientes del Estado o aquellos que realmente creen que el modelo kirchnerista es virtuoso.

Juntos por el Cambio, que deberá resolver quién liderar el espacio, por el momento no se muestra muy permeable a reconocer los errores del pasado y se mantiene en el papel de antagonista del kirchnerismo.

Es decir, ambos partidos no saben o no quieren seducir a más de la mitad del electorado (según los encuestadores), al menos por ahora.

En definitiva, octubre será un gran momento de inflexión siempre y cuando se suspendan las PASO.  Claro siempre y cuando, como suele suceder en la Argentina, no ocurra algún imprevisto.