El próximo presidente de la Argentina tendrá que contar con un cuidadoso diagnóstico del escenario geopolítico internacional, ya que de estas conclusiones y de los objetivos que se proponga para esta nueva etapa deberá definir la estrategia de inserción internacional que condicionará la organización económica, la estructura social y las instituciones políticas del país. 

Entre los enfoques dogmáticos en un extremo y aquellos más pragmáticos en el otro, se abre un amplio espectro de opciones que hacen más compleja la decisión. Nadie ignora la transición que vive el sistema internacional. La declinación relativa de la hegemonía de los Estados Unidos (EE.UU) junto a la progresiva emergencia de poderosos actores regionales, con la influencia China en Asia Pacífico y la invasión de la Federación Rusa a Ucrania, trazan una nueva frontera de conflictos entre Occidente y Oriente. 

Este escenario, que nos remite a la tristemente célebre “Guerra Fría”, amenaza con reinstalar a la periferia como espacios de disputa. Los creativos titulares de la prensa especializada no escapan a la verdad cuando se refieren a la “guerra comercial”, la disrupción de las cadenas globales de suministro, la “desglobalización”, la “carrera tecnológica” por el liderazgo del 5G entre EEUU y China, la “huida del dólar” como moneda de intercambio, el debilitamiento o peor aún, las crisis de las instituciones internacionales que corporizaban los principios del orden internacional luego de la Segunda Guerra Mundial; todos hechos que prueban esta gran transformación. 

El mundo está cambiando dramáticamente y desde hace más de veinte años, el eje del poder mundial se está trasladando del Atlántico al Pacífico. Además, la crisis financiera del 2008, nacida de las entrañas mismas del G7 (Grupo de los siete países más desarrollados de Occidente - Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Reino Unido, Alemania e Italia), y la abrupta retirada de EEUU de Afganistán muestran, en lo económico y en lo político, la crisis de EEUU como potencia hegemónica. Los más destacados académicos y analistas del mundo reconocen el debilitamiento del liderazgo estadounidense. Esto no es nuevo, pero la historia revela que las potencias declinantes se tornan reactivas a tal destino y, con frecuencia, más violentas. 

El origen de los BRICS 

Hasta donde se conoce, fue Jim O´Neill, economista de Goldman Sachs, uno de los grupos de banca de inversión y de valores más poderoso del mundo, quien en el 2001 2 habría acuñado el nombre BRIC para describir un nuevo y dinámico destino para las inversiones, cuando ya no hallaban en las economías desarrolladas los retornos esperados. Así, los BRIC hacían referencia a los principales países emergentes con mayor crecimiento económico de aquellos años. Aunque los miembros fundadores del Bloque ya habían tenido reuniones a nivel ministerial, es recién con la crisis del 2008 cuando emiten un comunicado conjunto sobre la posición del grupo en temas de actualidad global. 

La iniciativa adquiere enorme relevancia ya que el grupo se consolida a partir de la crisis financiera que estalla en el corazón del mundo desarrollado, aunque sus efectos centrífugos aún están causando daño en la periferia. Un año más tarde, se lleva a cabo la primera Cumbre BRIC y se emite un comunicado con los objetivos y valores del bloque, y en el 2010 se suma Sudáfrica, pasando a ser BRICS. A partir de este momento, comienzan a celebrarse cumbres anuales para fomentar la cooperación multilateral. 

Uno de sus principales temas de agenda es el impulso del comercio mutuo basado en las monedas propias, en un intento de desplazar el liderazgo del dólar para las transacciones comerciales internacionales. Sin embargo, la idea de una moneda común habría sido desestimada por China, que mantiene una enorme cuota de comercio con occidente. En 2014, la creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) también viene a sustituir los criterios y condicionamientos de las viejas instituciones financieras surgidas de Bretton Woods. La creación del NBD define una vía alternativa al Banco Mundial y fortalece la posición de sus miembros frente al Fondo Monetario Internacional. 

La institución tiene el objetivo de impulsar el desarrollo de los países emergentes a través de la financiación de proyectos relacionados con la infraestructura, las energías renovables y las nuevas tecnologías. El Banco es presidido nada menos que por Dilma Rouseff, ex presidenta del Brasil por el mismo partido de Lula. La impronta que adopta este bloque se caracteriza por un tipo de hegemonía “benigna”, ya que no requiere compartir sus principios morales o formas de gobierno, ni establece condicionamientos para la economía doméstica, trazando una frontera que lo separa del enfoque hegemónico de occidente. 

Argentina en los BRICS 

La reciente adhesión de Argentina al grupo de los BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), supone un giro importante en la política exterior nacional. 

Esta decisión es compatible con las características de un país de los denominados “emergentes” y de renta media, con potencialidad de crecimiento y condiciones para 3 articular comercio, producción e inversiones con los miembros de este bloque. Además, el club se amplió con Egipto, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Etiopía; es decir, dos importantes países africanos y tres de los más poderosos de Oriente Medio. Si hubiera que definir las principales características de los miembros recién incorporados, se sintetizan en proveedores de recursos naturales estratégicos; energía, minería y alimentos. Además, suman un mercado que se complementa con la estructura de los miembros fundadores, especialmente, China y Rusia. Actualmente, el Bloque representa casi un tercio del producto global, y la mitad de la población mundial, el 30% del territorio del planeta con acceso a recursos naturales vitales. 

Con los países que se están sumando, como Argentina, y los más de 40 que quieren hacerlo, este grupo ampliado se va a constituir en uno de los espacios más importantes a nivel mundial. Los atributos de esta nueva sociedad no definen por sí mismos los intereses que impulsan a la Argentina a sumarse. Por un lado, dos de los tres aspirantes a la presidencia para el periodo 2023-27, ya han rechazado la pertenencia a dicho grupo. Los argumentos nos remiten claramente a los conflictos internos de los EEUU entre republicanos y demócratas, con sus diversos representantes locales recitando dogmas y confundiendo intereses con valores. 

El gobierno argentino ya había recibido en enero de 2023 advertencias directas de la jefa del comando sur de las fuerzas armadas estadounidenses, Laura Richardson, acerca de los “intereses vitales” de los EEUU en nuestro país; energía, litio y agua. Además, el objetivo era detener la construcción de la cuarta central atómica en el país con tecnología china. Sin embargo, sí pudimos ver al ex presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, formando parte en 2022 de la cumbre del BRICS. Las élites brasileñas parecen tener bien claro sus objetivos estratégicos en esta etapa. Por otro lado, suscribirse a los BRICS sin un proyecto de inserción internacional es como subirse a un tren en el que solo el conductor conoce el destino, ya que como observó el filósofo romano Séneca, “ningún viento es favorable para quien no sabe adónde va”

La movida de Lula 

Quien sí muestra tener un rumbo claro es Luiz Inácio Lula da Silva que luego de asumir nuevamente la presidencia de Brasil se mostró muy activo en el escenario internacional. Su liderazgo pretende trazar su estrategia para la región y el protagonismo de Brasil en el sistema internacional. Claramente, ha sido Lula quien propuso a la Argentina como nuevo miembro del BRICS ante la necesidad de sumar 4 un aliado hemisférico a una mesa con muchos y poderosos actores asiáticos y africanos. En este marco, el presidente Lula sufrió un desaire durante la última cumbre del G7, ya que su par ucraniano, Volodímir Zelenski eludió una reunión prevista para analizar la propuesta de paz del presidente brasileño. Una vez más, parece una respuesta a la versatilidad del mandatario brasileño para liderar la agenda internacional. 

Lula está impulsando una diplomacia para el cambio climático desde el sur. Bajo su liderazgo, abrió la Cumbre Amazónica de Belém con el objetivo de acordar una postura unificada sudamericana que apunte a que las naciones ricas financien el mantenimiento de las selvas y detener el dramático proceso de cambio climático. Lula reunió por primera vez a los ocho países amazónicos para fijar políticas comunes sobre el principal regulador del clima del planeta, la selva amazónica, y llevar una posición consensuada a la reunión de cambio climático de la ONU COP28 que se realizará en Emiratos Árabes Unidos en noviembre. “Vamos a seguir reclamando dinero a las naciones ricas por la compensación para mantener la selva en pie”, declaró Lula, en un fuerte mensaje a los líderes de los países desarrollados. 

BRICS vs G7

El BRICS se exhibe como una alternativa a los objetivos trazados desde el G7, la alianza de seguridad de la OTAN y las instituciones financieras como el Banco Mundial y el FMI. Durante su última cumbre, el G7 ratificó el apoyo a Ucrania y criticó a China en un comunicado en el que reafirmaron su "firme oposición" a las "reivindicaciones marítimas expansivas" del gigante asiático. Aunque el G7 no es una organización internacional formal, según Jhon Ikenberry, profesor de política y asuntos internacionales en la Universidad de Princeton, “luego de la invasión rusa a Ucrania y el creciente desafío de China al orden internacional liberal, este grupo se ha posicionado en el epicentro político de los esfuerzos globales para defender las sociedades democráticas y el orden internacional basado en las reglas de la ley”

Aún más preciso fue el actual asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, para quien el G-7 es el “comité directivo del mundo libre”. Entre el dogmatismo que sustenta los intereses del “Occidente” y el pragmatismo que exhiben los BRICS, solo resta identificar en qué lugares del planeta habrán de colisionar. Sin embargo, la mayor parte del mundo vive fuera del G-7, por lo que la capacidad de las potencias occidentales para proteger sus intereses y mantener vivas las reglas e instituciones internacionales dependerá más que nunca de la construcción de nuevas alianzas. 

La invasión de Rusia a Ucrania impulsó la lucha actual de las grandes potencias por dar forma a alineamientos, coaliciones y agrupaciones políticas globales que reconfiguran el ordenamiento del sistema internacional. El contundente documento emitido por la OTAN luego de la cumbre en Vilna (Lituania) reconoce un escenario de “Guerra Fría”, que implica una nueva actitud frente sus competidores estratégicos, en particular Rusia y China. Además, el comunicado incluye una ampliación del tradicional concepto de seguridad, al incorporar los bienes comunes globales, incluidos los océanos, el espacio, la tecnología y el ciberespacio, aspectos de vital importancia y que pretende marcar los límites a la influencia oriental. 

Una clara señal de cambio la protagonizó el presidente chino, Xi Jimping, siendo el primer mandatario de ese país en hablar ante el Foro Mundial de Davos, en 2017, el evento anual que reúne a jefes de Estado y directivos de las más grandes compañías. Su intervención se basó en la necesidad de garantizar el libre comercio, justo cuando su par estadounidense, Donald Trump, iniciaba su cruzada proteccionista contra China. Ya se sabe, en materia de poder global, el que tiene la banca siempre pide que abran el juego. La escalada de estas tensiones llevó al Departamento de Estado a elegir a un diplomático de alto rango para liderar su iniciativa centrada en contrarrestar la influencia China en regiones más allá de Asia-Pacífico. 

El objetivo es coordinar las respuestas al poder geopolítico de China en América Latina, África, y Eurasia. Tucídides, el gran historiador griego, explicó que “fue el ascenso de Atenas y el temor que eso inculcó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable”. Las guerras del Peloponeso habrían de involucrar a decenas de ciudades estado griegas hasta desangrarlas. El riesgo de formar parte de la periferia ateniense o la decisión de aliarse a Esparta no nos propone un escenario virtuoso; finalmente, la historia demuestra que todos los imperios se conducen de la misma forma.