En la actualidad, los días de Florentino Sanguinetti transcurren en su casa de Unquillo (Córdoba), donde está junto a su esposa, encerrado desde el inicio del aislamiento social, preventivo y obligatorio. Un contexto completamente diferente al del 18 de julio de 1994, cuando dirigía el Hospital de Clínicas de Buenos Aires. En ese entonces, le tocó liderar al equipo de salud que, por su cercanía con la mutual judía, recibió a la mayoría de los heridos del atentado a la AMIA y logró salvar muchas vidas.

Sanguinetti considera a la medicina una vocación –también tiene otra, la pintura. Su gestión en la institución duró 11 años, hasta que se retiró en 1998. De todo lo que vivió allí, el rol que cumplió 26 años atrás fue, seguramente, el más importante que le tocó en su carrera: trabajar junto a todo el personal con una entrega absoluta, ante las consecuencias trágicas del terrorismo.

Data Clave- ¿Qué recuerda del día del atentado a la AMIA?

Florentino Sanguinetti- Fue un día muy agitado. Estábamos en una reunión con los jefes de servicios, cuando escuchamos el gran estruendo. No sabíamos qué podía haber ocurrido. Hubo varias informaciones antojadizas, hasta que los mismos médicos fueron a ver qué pasó y se encontraron con el desastre.

DC- ¿Cómo se prepararon para recibir a los heridos?

FS- Tomé una serie de medidas rápidas para preparar el hospital y otras para poner a disposición de eventuales heridos todos los servicios. Eran más o menos las 10.

DC- ¿En qué consistieron esas medidas?

FS- Suspendí las actividades de cirugías para dejar los quirófanos absolutamente a disposición. Al cabo de pocos minutos, empezaron a llegar los heridos en tablones, acostados sobre puertas. La gente traía a heridos muy graves directamente al hospital. Cortamos la calle Córdoba y se estableció una especie de trayecto rápido para que llegaran los pacientes. La organización del hospital, a partir de ese momento fue excelente y eso nos ha dado mucho prestigio.

DC- ¿En qué estado llegaban?

FS- La mayor parte eran personas que caminaban por la calle. Los vidrios de los rascacielos cayeron sobre las veredas, como si fueran guillotinas, y provocaron heridas muy graves en personas que caminaban por Pasteur y que recibieron vidrios en la cabeza, en el cerebro, en los pulmones, o sea que no fueron directamente heridas provocadas por la explosión.

DC- El tiempo apremiaba…

FS- No se perdió tiempo, cada herido fue separado según su problema. Llegaron muy pocos muertos, seis o siete, y mucha gente que no tenía heridas físicas, pero que tenía un estado de pánico atroz. Salí de la dirección y me puse a trabajar con todos los colegas y tuve la oportunidad de calmar y consolar a muchas personas; no podían hablar, no podían expresarse. Estaban intactas desde el punto de vista físico, pero completamente destrozadas por el impacto de la explosión terrible.

DC- ¿A cuántas personas atendieron?

FS- Aproximadamente a unas 100 personas en pocas horas. Fueron operadas (algunas varias veces), otras internadas con diversos tratamientos, fracturas, hubo mucho problema de traumatología. Los pacientes fueron derivados a cada servicio especializado. Se hizo una distribución de acuerdo a lo que se llama “triaje”, que es la valoración de la gravedad de cada herido, con una primera clasificación, y se los mandaba a los especialistas.

DC- ¿Cómo se manejaron con los que llegaban a buscar a un familiar?

FS- Organicé la información para que no hubiera anarquía o gente corriendo de un lado para el otro. Dispuse que cada media hora estuviera todo el público reunido en el aula magna del hospital y yo iba a dar las informaciones exactas de los pacientes que teníamos internados y su situación, para que no hubiera datos imprecisos. Mucha gente creía que podía tener un familiar internado y realmente no estaban en el hospital.

DC- ¿Llegaron personas para colaborar?

FS- Ocurrieron algunos episodios notables y simpáticos. Se corrió la voz de que necesitábamos agua mineral, una información totalmente inútil e inexacta. Empezó a llegar una multitud de personas con grandes frascos. Alguien me dijo que no los dejara entrar porque molestaban y yo tomé la medida inversa: que toda la gente que acudía para traer algo fuera aceptada. No quise frustrar el gesto que tenía la gente de venir a colaborar. Y así fue como se armó una montaña de botellas.

DC- También se acercaron los funcionarios…

FS- Sí, muchos políticos que hacen de estas cosas un aprovechamiento demagógico, pero que en realidad no colaboraron en nada. Vino el presidente de la república, que era Menem en ese momento. Por la noche vinieron ministros y el embajador de Israel. En fin, hubo que atender a muchas personas que llegaron para “curiosear” un poco.

 

Murales pintados en las paredes laterales del Hospital de Clínicas, donados por la AMIA. Foto: Esteban Pastorino/ AMIA

 

DC- ¿Recuerda a algún paciente en particular?

FS- Recibí a un niño en brazos que murió cuando iba caminando con su mamá por la calle y se detuvieron en un quiosco. Le cayeron escombros y vidrios encima. También al herido que pudieron rescatar debajo de los escombros, que llegó vivo al día siguiente. Se llamaba Chemahuel, pero lamentablemente tuvo una complicación renal grave por el aplastamiento y murió. Estaba lúcido y pudo, con gran esfuerzo de los rescatistas, ser extraído debajo de los escombros.

DC- ¿Qué fue lo más complicado?

FS- Soportar las primeras horas cuando llegaron todos en montón. Cuando la gente traía a los heridos y había que distribuir el trabajo y, a veces, elegir un paciente grave en lugar de otro que no tenía tanta dificultad.

DC- ¿En algún momento se quebró emocionalmente?

FS- Mis familiares, mi mujer y mis hijos me ayudaron mucho. Me acompañaron todo ese día y a la noche también (N.R.: la voz de Florentino se quiebra). Tuve un poco de atenuante en las emociones que fueron muy intensas. En un momento dado, me tuve que encerrar en la dirección para llorar solo, porque no podía más. Era una catástrofe tan inmensa, era una demanda tan enorme. Recibí por parte de todos mis colaboradores y de mi familia un apoyo importante, que hace que al recordarlo, me emocione muchísimo.

DC- ¿Qué siente hoy cuando rememora lo sucedido?

FS- A todos nos quedó un dolor terrible por una experiencia única, inesperada. Un dolor muy grande porque los médicos hemos estudiado para salvar las vidas y para curar a la gente y no podemos entender que haya seres humanos capaces de tanta maldad y de tanta destrucción. Es un contraste muy grande.

DC- El año pasado, participó como orador en el acto oficial por los 25 años del atentado. Allí contó que recibieron una amenaza de bomba la semana siguiente. ¿Qué sucedió?

FS- Una mañana me llegó la información de que habían colocado una bomba en el hospital, que iba a explotar y que era conveniente evacuar el lugar, que estaba lleno de pacientes heridos internados. Dispuse que no se cerrara, no hacer nada distinto de lo habitual y que el personal que deseara se retirara libremente. Por supuesto, la bomba no existió. Fue simplemente para provocar una molestia.

DC- ¿Qué le produce ver que la causa judicial no se ha resuelto?

FS- Esa es una de las vergüenzas argentinas. Uno ve que la justicia nunca llega a ninguna resolución. Uno sufre mucho esa situación de impunidad. A pesar que se han encontrado algunas pistas, algunas cosas, también muchas personas trataron de desviar la investigación, de confundirla, de guardar informaciones. Ya estamos en 26 años del atentado y no existe ninguna sanción, ningún castigo para ese hecho atroz.

DC- ¿Hace algo en particular todos los 18 de julio?

FS- Llamo a los directivos de la AMIA. A raíz de esto he establecido una relación de amistad con todas sus autoridades. Me invitaron a colocar la piedra fundamental del nuevo edificio, que es magnífico. El año pasado tuvieron especiales atenciones. Hablé frente a una multitud inmensa. Hicieron una especie de antología fotográfica y me atendieron como si fuera un personaje. Me costó contener el llanto.

 

Florentino Sanguinetti junto a Alberto Crescentti (director del SAME) fueron fotografiados el año pasado, en un homenaje de la AMIA, por ser quienes representan la mejor expresión de solidaridad que ofreció la sociedad frente a la tragedia. Foto: Julio Menajovsky / AMIA

 

DC- ¿Siente que el rol que tuvo que cumplir cambió su vida?

FS- Para los médicos del hospital la vida se divide entre un antes y un después de la AMIA. Es decir que marcó un fuerte golpe en medio de nuestra carrera. Luchamos contra la enfermedad, contra la muerte, pero no podemos entender estos mecanismos patológicos que pueden tener estas personas en el mundo, que se dedican exclusivamente a hacer el mal, el daño, a provocar la muerte, a realizar atentados.

DC- ¿Le gustaría dejar algún mensaje para las generaciones más jóvenes?

FS- Es importante mantener el interés, para que este atentado no se vaya olvidando porque mucha gente murió, inocente, con gran sufrimiento, una gran injusticia. Hay que recordarlo siempre.