La sociedad transita en los albores del 2021, sin sentimientos positivos en donde sobresale la impotencia y la preocupación. No hay una visualización de la posibilidad de imaginar un futuro mejor. Si en el año 2020 el sentimiento que prevaleció fue la incertidumbre, este año, prevalece el pesimismo.

En esta realidad, ingresamos en un año electoral con dos coaliciones fatigadas y con agendas poco creativas y endogámicas. Sin intentar disrupciones políticas, priva el conservadurismo que mantiene a los votantes inmersos en estos sentimientos de pesimismo y de la frustración.

Resulta imperiosa la necesidad que la agenda evolucione hacia un camino de innovación. En política, innovar es encontrar las llaves que abran el tesoro de la confianza ciudadana. Esta ha sido y sigue siendo el corazón de nuestras democracias. Sin esa confianza, las democracias representativas y republicanas son un continente sin contenido.

Entre tantos temas pendientes, uno de los principales radica en la necesidad de una reforma judicial. Pero el problema no es el título sino el contenido: ¿la reforma es sólo la que le interesa al poder o es necesaria ampliarla a los intereses de la sociedad?

La discusión vigente parece que solo abarca temas referentes a la justicia federal, que juzga al poder político pero, como en tantas otras oportunidades, deja de lado al resto de la población.

Analizando una encuesta publicada en los últimos días, la opinión pública tiene una imagen negativa sobre el funcionamiento de la justicia alarmante. El 86% tiene una imagen mala o regular de los jueces; 7 de cada 10 votantes considera que la Corte Suprema funciona mal; el 58% no sabe para qué es ni para que funciona el Consejo de la Magistratura. 

Desde la renuncia de la ex procuradora Alejandra Gils Carbó en diciembre de 2017, la política sigue discutiendo endogámicamente sin ser capaces de convocar a un dialogo sincero con el órgano rector del Poder Judicial que es la Suprema Corte de Justicia. Es imposible encarar una reforma sin incluir al propio poder judicial para llegar a modificar y mejorar los graves problemas de la justicia argentina. Sin esto, el resultado es conocido, un nuevo fracaso como fue la ley de democratización de la Justicia.

En las últimas semanas, por unanimidad se eligió presidente del Concejo de la Magistratura. Este puede ser un interesante camino a seguir en donde que a través del dialogo entre los principales actores se encuentren los consensos necesarios para sancionar una Reforma integral.

Ya no hay excusas para no recrear el dialogo en la política argentina. El antagonismo extremo llevó a peor calidad de vida, más pobreza y un futuro cada vez más incierto y complicado. Es imperante innovar, no volver a hacer lo mismo. La disrupción y el diálogo son los ejes en los que hay que transitar las épocas trágicas como las actuales.

Acaba de fallecer el ex presidente Carlos Menem y mucho se ha escrito mucho sobre su trayectoria política.  En este sentido, me parece atinado recordar que para llegar a ser candidato a presidente en representación del Partido Justicialista en el año 1989, participó de una interna partidaria derrotando al entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires y presidente del justicialismo Antonio Cafiero.

Las diferencias partidarias e ideológicas se dirimen por elecciones internas en los propios partidos o por el sistema de internas abiertas y obligatorias como establece la ley actualmente vigente.

Recordemos que los partidos políticos son el instrumento central del sistema democrático y así se refleja en el artículo 38 de nuestra Constitución Nacional. Cuidar la democracia es cuidar a los partidos políticos y las elecciones.